21 marzo 2011

Las voces de la igualdad


En su último libro, publicado en 2010, Pereira expande su mirada una vez más, presentando los pilares de una "teoría crítica de la justicia". Ésta será la teoría que logre combinar de manera satisfactoria dos potentes voces que han intentado realizar el ideal de igual dignidad: la voz de la justicia y la voz del reconocimiento. A partir de un análisis del debate entre los modelos de reconocimiento de Nancy Fraser y Axel Honneth, Pereira resuelve cómo conjugar lo mejor de esta voz con la voz de la justicia distributiva, en la que el autor ha propuesto anteriormente su teoría de medios y capacidades. No sólo se concentra aquí en la formulación normativa de una teoría crítica de la justicia, sino que también propone cómo lograr los fines de la justicia. En particular, el autor ofrece un análisis de cómo las narraciones, las emociones, la razón pública, las virtudes cívicas o los recursos morales pueden ser medios posibilitadores de la justicia social, entendida en este sentido amplio.


El libro está a la venta en el Instituto de Filosofía de FHCE.

¿Condenados a la desigualdad extrema?

En este libro publicado en 2007, Gustavo Pereira completa y sistematiza su propuesta de justicia distributiva, coronando un trabajo de investigación que desarrolló por más de una década. Insiste allí en que una teoría que articule criterios normativos propios de la teoría de medios y de capacidades es la mejor propuesta para combatir la desigualdad en el mundo. Para sustentarlo, provee a su programa de una fundamentación filosófica universalista que le permite superar tanto los bloqueos del liberalismo igualitario como del enfoque de las capacidades. Apoyándose en la idea de autonomía y reconstruyéndola en términos de reconocimiento recíproco, su propuesta va más allá de los límites del sujeto liberal y su ceguera a las circunstancias que conforman las preferencias personales. La obra conjuga presentación general de conceptos básicos del debate con un desarrollo conceptual riguroso, buscando sentar bases para orientar normativamente el diseño de políticas públicas que aseguren una sociedad más justa y solidaria. 

Para una reseña completa del libro, haga clic aquí.

28 diciembre 2010

Cruzamos el charco

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Del 6 al 10 de diciembre pasado, participamos del XV Congreso Nacional de Filosofía organizado por AFRA, en Buenos Aires. El grupo llevó adelante la mesa temática Alcance y proyección de una teoría crítica de la justicia, conformada por 4 ponencias: 

  • "Bases para una teoría crítica de la justicia" de Gustavo Pereira, 
  • "Deliberación pública y agencia cognitiva" de Agustín Reyes, 
  • "Educación de las emociones como medio para realizar una teoría crítica de la justicia" de Helena Modzelewski y
  • "Hacia una teoría crítica de la pobreza" de Ana Fascioli. 
También participaron del congreso el Prof. Miguel Andreoli, catedrático de nuestro Departamento de Filosofía de la Práctica con una ponencia sobre "La naturaleza de los derechos sociales" junto a otros compañeros del Instituto de Filosofía y un buen número de estudiantes de grado de nuestra facultad.  

Ojalá podamos seguir afianzando el intercambio filosófico con la región!. 

Se puede acceder al Programa del evento y descargar resúmenes de las ponencias en la web del Congreso.


29 diciembre 2009

Jornadas de Investigación y Extensión en FHCE





En noviembre pasado se realizó una segunda edición de las Jornadas de Investigación y Extensión de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación. Nuestro grupo participó en dos mesas, a través de 6 ponencias: 





24 agosto 2009

PICHISFOBIA

PICHISFOBIA

Cuando se dieron a conocer las últimas cifras de pobreza, indigencia y desigualdad social en Uruguay, a pesar de que todos los indicadores señalan una mejoría, pocos parecieron alegrarse del producto del esfuerzo que la sociedad uruguaya en su conjunto ha hecho a través de políticas públicas aplicadas por el actual gobierno. ¿Es que ya no importa la equidad social?

KARINA THOVE

Historia más que reciente es el alarmante crecimiento del número de pobres e indigentes en 2002/2003, que ningún medio de comunicación dejó de retratar en los comedores populares, creados de apuro para dar un plato de comida a quienes no tenían nada. Imposible olvidarse de los rostros de vergüenza, hambre, miseria y desazón de quienes no querían ?salir en la foto? en esa situación.

La actual administración ganó las elecciones haciendo énfasis en la apremiante necesidad de atender a los sectores más pobres de la sociedad: el Estado intervendría con políticas sociales y en la redistribución de la riqueza. Cuando menos el 50,45% (quienes votaron al Frente Amplio) estuvo de acuerdo con esa prioridad, aunque no tengo por qué dudar que entre quienes no lo votaron existía preocupación y sensibilidad social para atender la pobreza.


EMERGENCIA VS. ASISTENCIA

Una de las primeras políticas fue el Plan de Emergencia que, impulsado por un flamante Ministerio de Desarrollo Social, demoró unos meses en empezar a andar y culminó en diciembre de 2007. Mediante un "ingreso ciudadano" de $ 1.300 para los hogares en situación de "pobreza extrema" (una focalización selectiva nada simpática entre distintos grados de pobreza), se transfirieron recursos a unas 240.000 personas.

Esta asistencia "de emergencia" es lo que hasta hoy se sigue cuestionando desde no pocos sectores de la sociedad.Desde los medios de comunicación se le preguntaba a los beneficiarios del Panes en qué gastarían el dinero y no pocos se indignaron porque compraban celulares, un buen par de championes o bebidas alcohólicas. ¿Cómo los más pobres iban a tener un celular (¡¡qué descaro!!, encima ¡igual al que tengo yo!)? ¿Cómo iban a tomarse un vino o una cerveza, en vez de comprar nada más que alimentos básicos y nutritivos? A nadie que razona así se le ocurre cuestionarse cómo distribuye y gasta -o malgasta- su presupuesto, ni considera que esté mal ?darse un gusto? de vez en cuando porque después de todo es ?su? dinero. No obstante, se sienten con el derecho a juzgar -no controlar, que es lo que debe hacer el Estado mediante un sistema de contraprestaciones- en qué gastan quienes por consenso social tenían prioridad.

Si bien esa transferencia de recursos fue puntual y acotada en el tiempo, aún hoy circula el discurso reactivo de que "se sigue asistiendo a los pobres con plata de mi bolsillo". Es que la batería de políticas sociales -nuevas asignaciones familiares, reforma de la salud, planes nacionales de alimentación y de reinserción en el sistema educativo, trabajo transitorio, préstamos a pequeños emprendimientos, operaciones gratis de cataratas, atención de la salud bucal de la niñez, Plan ceibal- se complementan con un cambio drástico en la recaudación de impuestos -el IRPF que sustituyó al masivo IRP-, los consejos de salarios y su directo impacto en la mejora del ingreso, el reconocimiento de las trabajadoras domésticas y de las/os rurales.

Es el conjunto de todas estas políticas impulsadas a lo largo de estos últimos cuatro años, lo que llevó a que la pobreza se redujera del 32 al 20.5% y la indigencia del 2 al 1.5%, lo que no significa que sigan siendo altas. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), en 2004 la pobreza infantil era del 56% y en 2008 se redujo al 38% (se trata de 60.000 niños) y parece que el índice de Gini -que mide las distancias entre los más ricos y los más pobres- bajó levemente.


¿LOS POBRES YA NO MERECEN AYUDA?

Sin embargo, esa ayuda solidaria hoy no cuaja bien en buena parte de las capas medias, traduciéndose en expresiones de odio y desprecio hacia los más pobres, a los que se tilda de "pichis, vagos, mamertos, drogadictos, delincuentes", sin olvidar que la pena de muerte y la "mano dura" contra la inseguridad es vista con buenos ojos por no pocos uruguayos y uruguayas.

Las expresiones más fóbicas y reaccionarias llegaron a la quema, insultos o patadas ?por diversión? a indigentes que pernoctan en la vía pública e incluso, como lo denunció un informativo televisivo, una página en Facebook (ya fue levantada) pregonaba, textualmente: "odio a los pichis que te ven 4 veces x día igual te piden dinero!! (?)lo q pasa es q no quieren trabajar ya sea xq son vagos o para cobrar el plan de emergencia, todavia tiran toda la basura de los contenedores generando criaderos de ratas dicen q lo hacen para buscar comida; pero... en los comedores y albergues les dan pero ellos no quieren ir xq los obligan a "bañarse" y dejar afuera el" vino"; que mal los del albergue!!! y sabemos q los q son menores si pueden te roban ;y si no te roban es xq ya no tienen fuerzas para correr porque estan pasados de pasta;... asi que yo propongo q si pueden peguenles, prendalos fuego, orinenlos, pero haganle notar que se les termina "la impunidad" muchachoss. salu2 a todos y los espero en la practica?" (sic).

Es que ahora que los pobres "son todos unos pichis", a Susanita (el inefable personaje creado por el humorista argentino Quino) dejó de interesarle la caridad y pide que los encierren a todos por "chorros, vagos o inservibles", porque "no tienen valores" y, en consecuencia, no merecen compartir nuestra misma humanidad.


LA SOCIEDAD DEL FUTURO

Si no eliminamos la pobreza extrema, la miseria, la ignorancia, la exclusión social, cada vez será más difícil convivir y sacar adelante cualquier proyecto de país. Aquel mundo que imaginaba H.G. Wells en "La máquina del tiempo" con´los ´´morlocks´´ y los ´´eloi´´, unos hambrientos y brutos sobreviviendo bajo tierra, otros aristócratas viviendo cómodamente sobre la tierra pero amenazados por aquellos, que en las noches sin luna subían a la superficie para devorarlos- además de ser una pesadilla arquetípicamente burguesa, es un miedo más cercano a la realidad que a la ciencia ficción. Aunque sólo sea por eso, deberíamos considerar importante lograr una mayor equidad social.

El espíritu solidario para muchos se termina en la frontera del bolsillo y las mejores oportunidades recibidas en el escenario de la sociedad liberal, se transforman mágicamente en mérito propio. Así, todo está bien cuando hay beneficios a repartir, pero el malestar aparece cuando "la carga social" -que es otro tipo de torta nada apetecible- también se distribuye y compulsivamente hay que colaborar. El egoísmo siempre viene bien para evadir responsabilidades, mucho más si consideramos que quienes viven en casas enrejadas son los únicos respetuosos del "Estado de derecho", de lo que se desprende que todos los demás no lo son.

Publicado en La Republica de las Mujeres, diario La República, 9.8.2009

GERALD COHEN


El miércoles de la semana pasada murió el filósofo canadiense Gerald Allan Cohen. Quienes hace pocos meses presenciaron su conferencia de despedida, a través de la cual cerraba su ciclo de labor académica, se enfrentaron a una síntesis de humor y filosofía; y es que además de su lucidez, generosidad y afabilidad, G.A.Cohen se destacaba por un gran sentido del humor el cual había sabido aprovechar en sus tiempos de estudiante haciendo stand-up comedy para ganarse la vida. Ocupó durante veintitrés años la cátedra Chichele de Teoría Social y Política del All Souls College de la Universidad de Oxford. Se trata de un filósofo difícil de encasillar a pesar de su conocida y fuerte identificación con el Marxismo analítico.

FERNANDA DIAB

Su ensayo “La teoría de la historia de Karl Marx”, editada en 1978, es considerada la obra fundacional de dicha tradición filosófica, la que integran también John Roemer, Eric Olin Wright, John Elster entre otros. Más que de una tradición, o de una doctrina filosófica, debería hablarse de una metodología de trabajo aplicada a la revisión y redireccionamiento de la temática marxista. Lo que todos estos autores tienen en común es la disposición crítica a enfrentar las concepciones marxistas con argumentos lógico-empíricos y abandonarlas en caso de resultar inconsistentes. Esto ocurrió con las tesis relativas al papel revolucionario del proletariado y al desarrollo de las fuerzas productivas como condición necesaria para la instalación de una sociedad comunista. Tal posición los enfrentó a cuestiones relacionadas con los problemas de justicia distributiva -los cuales para el marxismo ortodoxo estaban conjurados por el desarrollo productivo y la desaparición de la lucha de clases- y con la motivación moral. De esta manera estos autores se pusieron en sintonía con la temática del discurso liberal aunque no de forma acrítica. Sin embargo no abandonaron su confianza en la construcción de una sociedad socialista; dice Cohen: Nuestro intento de ir más allá del carácter depredador de las sociedades de mercado ha fracasado hasta ahora. Pero ésta no es una buena razón para dejar de intentarlo.


Hacia mediados de la década de los 90, Cohen se vuelca principalmente al análisis de cuestiones normativas. Pertenecen a este período “Self-Ownership, Freedom, and Equality” (1995) y un conjunto de conferencias dictadas en 1996 que se editaron bajo el título “Si eres igualitarista, ¿cómo es que eres tan rico?” (2000). En estas conferencias se encuentra la revisión marxista a la que se hizo referencia, así como las críticas –consideradas las de mayor impacto- a la Teoría de la Justicia de John Rawls. Siempre teniendo como horizonte la construcción de una sociedad igualitaria, Cohen cuestiona severamente un aspecto importante de la influyente concepción rawlsiana de la justicia. En la misma se justifican las desigualdades resultantes de los ordenamientos institucionales siempre que éstas produzcan un mayor beneficio a los menos aventajados. Así, si es necesario los más talentosos deberían recibir incentivos para llevar a cabo esas tareas que favorecen a los que peor están y que de otra forma no realizarían. La idea es que la gente con talento producirá más de lo que lo haría si, y sólo si, se les paga más del salario normal y parte del extra que produzcan puede favorecer a los que peor están.(2000, p.169) Cohen sostiene que los incentivos son necesarios sólo porque los que mejor están no se hallan verdaderamente comprometidos con los principios de justicia entre los que se encuentra el Principio de Diferencia, que es el que justifica estas desigualdades. Ellos exigen desde su posición que sus actividades sean incentivadas para disminuir una desigualdad a la que ellos mismos están contribuyendo por no aceptar hacer lo que pueden hacer si no es de forma incentivada. Cuando, por ejemplo, un grupo de profesionales altamente capacitados y que se encuentran en una situación económica de privilegio presiona para recibir incentivos por una tarea que de todas formas ya los ubica en esa situación favorecida, a cambio de no abandonar cargos en donde se favorece a los más desaventajados, se trata según Cohen de un chantaje y de individuos descomprometidos con la persecución de una sociedad justa.

Afirma que en el principio rawlsiano subyace una asunción acerca del carácter exclusivamente egoísta de las motivaciones humanas. Y esto lo conduce a un planteo alejado también del marxismo ortodoxo, acerca de cuáles son las vías posibles para alcanzar una sociedad igualitaria. Para Marx lo único que podría neutralizar la tendencia hacia la desigualdad es la abundancia material. En la primera etapa de su obra, Cohen no argumentaba por este camino. Aunque la gente sea egoísta, se puede lograr la igualdad ya que la estructura social juega un rol muy importante, puede llegarse a la igualdad a través de las normativas impuestas desde el gobierno. En las Conferencias Cohen sostiene haber cambiado de posición sobre todo con respecto a esto. La estructura social no puede por sí sola conjurar la desigualdad. Esto se debe no a una naturaleza humana egoísta, sino a un tipo de hombre que es resultado del capitalismo y “que hace imposible recuperar el camino del socialismo”. Por esto es necesario un cambio moral en los individuos que los comprometa con una sociedad igualitaria y que haga innecesarios, por ejemplo, los incentivos a los más talentosos. Sostiene: ..., la justicia no puede ser sólo una cuestión de la estructura legal del Estado dentro del que la gente actúa, sino que es también una cuestión que tiene que ver con los actos que la gente elige dentro de esa estructura, con las opciones personales que llevan a cabo en su vida diaria. He llegado a pensar, por decirlo con un eslogan que se ha hecho popular recientemente, que lo personal es político.” (2000, p.166) Al no ser el egoísmo una condición natural es posible un cambio, una modificación en el modo de ser y de actuar de los individuos; muestra que es posible un nuevo ethos igualitario, es decir una disposición en los comportamientos de las personas que lo conduzcan a comprometerse con una sociedad igualitaria más allá de la coerción institucional. No es fácil establecer cuáles son las vías por las que un ethos puede ser modificado. Una de las formas que Cohen identifica es a través de “pioneros morales” o lo que podría llamarse una elite moralizadora. Se trataría de individuos que de forma adelantada son capaces de modificar sus conductas trascendiendo lo establecido. Sería el caso por ejemplo de maridos que fueron capaces en una sociedad sexista de modificar sus conductas como respuesta a las críticas feministas. El papel que cumplen estos pioneros es el de hacer cada vez más difícil la reproducción de las conductas que responden al orden establecido. Cada vez más serían los individuos que se sentirían avergonzados de llevar a cabo prácticas sexistas. El hecho es que para alcanzar una sociedad justa, es necesario que las opciones privadas también se encuentren sujetas a reglas de justicia, que los individuos estén comprometidos en todos los órdenes de su vida con los principios de justicia. De esta forma, Cohen se enfrenta a uno de los pilares fundamentales del liberalismo según el cual lo público y privado deben conservar una distancia para preservar la libertad individual, el peligro de lo cual radica en que se pierdan los lazos de cohesión y como consecuencia se pierda el compromiso con la aplicación de los principios de justicia. En definitiva, sin individuos justos no es posible una sociedad justa.

Publicado en La Diaria, 14.8.09

17 febrero 2009

Entre Montevideo y Valencia: libro colectivo "Pobreza y libertad"


Adela Cortina y Gustavo Pereira (eds.), Pobreza y libertad. Erradicar la pobreza desde el enfoque de Amartya Sen, Tecnos, Madrid, 2009.

El libro es el resultado de un proyecto de investigación interuniversitario que vinculó a la Universidad de Valencia y a la Universidad de la Repúbica, centrado en la pobreza. Es un producto que pauta la estrecha relación que existe entre el grupo de investigación "Éticas aplicadas y democracia" de la Universidad de Valencia y el grupo "Ética, justicia y economía" de la Universidad de la República.

PRÓLOGO:

Desde hace ya algunas décadas existe una creciente tendencia a propiciar el reencuentro entre ética y economía. El término apropiado es justamente reencuentro porque la economía surgió históricamente como parte de las reflexiones éticas. Así, el primer tratado que se conoce sobre economía en Occidente se encuentra en la
Política de Aristóteles, mientras que la obra de Adam Smith, el fundador de la economía moderna, surge en la cátedra de Filosofía Moral de la Universidad de Glasgow.
Sin embargo, en los umbrales del siglo XX la economía se separó radicalmente de su matriz filosófica. Bajo la herencia empirista, ampliada a través del positivismo lógico, se estableció una distinción tajante entre los hechos y los valores, una distinción que se convirtió en el credo de una razón exenta de valoraciones. El verdadero conocimiento científico –se decía- no tiene comercio alguno con los valores, sino solamente con los hechos y con la lógica que permite explicarlos. De esta forma se decretaba el divorcio entre ética y economía, un divorcio que sólo permitía a los antiguos cónyuges relacionarse por yuxtaposición -según aseguraba el influyente Lionel Robbins-, nunca a través de una relación interna que dependiera de la lógica explicativa.
Afortunadamente, hoy podemos afirmar que esta razón tan restringida, tan aséptica y tan ajena a los problemas del hombre, fracasó, y lo hizo simplemente porque su estrechez de miras le impedía explicar lo que pretendía, es decir, la acción humana, también en los procesos de producción, intercambio y generación de riqueza. En la actualidad se extiende la convicción de que la meta primordial de la economía consiste en mejorar la vida de las personas, de donde se sigue que el divorcio entre economía y ética es insostenible, y que es el reencuentro entre ambas el que permitirá que las explicaciones de la economía se las hayan con los verdaderos problemas de las personas. Con ello se vería ampliada aquella racionalidad aséptica, ciega para los valores, y no simplemente anulada, porque no se trata en modo alguno de que pierda el rigor y la precisión que ofrece el desarrollo técnico de la economía, sino, por el contrario, se trata de aprovecharlo y potenciarlo al servicio de una razón crítica, sensible a las exigencias que plantea la aplicación a los contextos concretos. El fin que nos orienta en este camino es el objetivo primordial de asegurar todas las condiciones exigibles para que las personas tengan una vida digna. Éste es a la vez nuestro norte y nuestro criterio de evaluación, que nos lleva a descartar cualquier enfoque o metodología que falle en esta tarea.

En este reencuentro entre economía y ética tiene hoy un protagonismo especial el enfoque de las capacidades de Amartya Sen, tanto por sus aportaciones directas como por las sugerencias que suscita su obra. A partir de este marco común, economistas y filósofos hemos trabajado conjuntamente con el objetivo de comprender mejor y ayudar a superar el principal obstáculo para el logro efectivo de la dignidad humana: la pobreza.
Con este objetivo los trabajos del presente libro tratan de mostrar cómo la humanidad tiene el urgente deber moral de erradicar la pobreza y, en consecuencia, presentan políticas que se han implementado para cumplir con tal obligación, entienden que los Objetivos del Milenio operan como una de las medidas más destacadas por su alcance global, pero también que es imprescindible considerar la implementación local de políticas especialmente diseñadas para combatir la pobreza; atienden a esos procesos que permiten la modelación y transformación de preferencias a través del peso que tienen las comunidades, las tradiciones y las emociones; estudian las alternativas financieras a los sistemas tradicionales de crédito, así como la forma en que las empresas pueden y deben asumir una auténtica responsabilidad social a este respecto. Y todo ello desde los fundamentos de una economía hermenéutica, que exige tener en cuenta como criterio de evaluación del desarrollo, no ya el PIB o el ingreso medio, sino la libertad. Desde esta perspectiva, la ciencia económica, sin perder un ápice de rigor, sino todo lo contrario, se pone al servicio del bien de los seres humanos y proporciona las herramientas necesarias para una evaluación que nos permita forjar un horizonte emancipatorio para la humanidad.

Adela Cortina
Gustavo Pereira

Índice del Libro:

Prólogo Adela Cortina y Gustavo Pereira

I. El deber de erradicar la pobreza
"La pobreza como falta de libertad" Adela Cortina

II. Autonomía, valores y comunidad

"Comunidades de significación como capacidades colectivas" Agustín Reyes
"Preferencias adaptativas como bloqueo de la autonomía" Gustavo Pereira
"Valores, elecciones y los límites del liberalismo en el enfoque de las capacidades" Severine Deneulin
"Narración como factor educativo de mujeres marginadas: un caso experimental local" Helena Modzelewski y Verónica Burstin
"Esferas de reconocimiento y capacidades básicas " Ana Fascioli
"Reducción de la pobreza y promoción de la libertad desde la ética del discurso" Juan Carlos Siurana

III. Pobreza, agencia y desarrollo

"Por una economía hermenéutica de la pobreza" Jesús Conill
"Agencia, pobreza y bienestar. Una propuesta para su operacionalización" Gabriel Burdin, Martín Leites, Gonzalo Salas y Andrea Vigorito
"¿Agentes de justicia? La responsabilidad social de las empresas como factor de desarrollo" Domingo García-Marzá
"Políticas en pro de un desarrollo humano" Josep Jordan y Marta Pedrajas
"Los microcréditos como instrumento de erradicación de la pobreza" Ana Fuertes y Nazrul I Chowdhury
"El impacto de las políticas para la reducción de la pobreza sobre la agencia" Verónica Amarante, Rodrigo Arim, Ivone Perazzo

10 diciembre 2008

RESEÑA BIBLIOGRÁFICA

II. Nancy Fraser; Axel Honneth, ¿Redistribución o reconocimiento? Un debate político-filosófico, Madrid, Morata, 2006.

Karina Thove

En el año 2006 se tradujo al español el debate entre Nancy Fraser y Axel Honneth, una serie de cuatro capítulos reunidos bajo la pregunta que le da el título al libro: ¿Redistribución o reconocimiento? Para quienes estén interesados en comprender el auge y las demandas de los movimientos sociales actuales, ambos autores ofrecen interpretaciones divergentes aunque sumamente enriquecedoras respecto al uso de estos mecanismos a la hora de pensar en criterios normativos de justicia social. Es en los dos primeros capítulos, medulares al debate, donde encontramos sus principales argumentos que comentaremos a continuación.
Previamente, no obstante, es necesario hacer algunas precisiones. Las tradiciones diferentes a las que pertenecen cada uno de estos autores –liberal norteamericana en Fraser, ética discursiva alemana en Honneth- se aprecian en forma notoria a través del libro. De todas formas, no hay que exagerar, ambos tienen puntos en común y se reivindican como constructores de una teoría social crítica que tiene mucho que aportar a las sociedades contemporáneas, tan necesitadas de proyectos alternativos que desenmascaren las inequidades persistentes y canalicen las reivindicaciones provenientes de la sociedad civil en todas sus variantes.
Los criterios normativos no son iguales y eso le da a cada propuesta teórica líneas argumentales con recorridos bien distintos que colocan la carga de la prueba en terrenos bien diferentes. La armazón teórica más solidamente construida está en Honneth, preocupado por fundamentar un ethos que opere como trasfondo en las sociedades liberales occidentales, con el acento puesto en el terreno de la moral, el lugar donde las personas experimentan, en primera instancia, la falta de reconocimiento, la injusticia. Deudor de una tradición hegeliana notoria, puede llamarnos la atención como maneja una idea de progreso y desarrollo social de la que hace depender su modelo de reconocimiento a la luz del orden capitalista vigente.
Fraser, más pragmática, ofrece una lectura del contexto socio-cultural norteamericano muy atractivo, sacando conclusiones refrescantes sobre cómo se procesan públicamente los conflictos y las demandas colectivas en su país. La solución que presenta, con algunos problemas de fundamentación, es el enfoque bidimensional –la economía y la cultura son los paradigmas dominantes desde los cuales se manejan los conflictos sociales en occidente- y postula la paridad participativa como criterio de justicia social. El compromiso feminista de la autora revitaliza la perspectiva de género en las sociedades multiculturales de hoy, donde las mujeres buscan el reconocimiento desde tantas direcciones como las minorías sexuales, los ecologistas, los grupos étnicos, los migrantes, los trabajadores, en un largo etcétera que complejiza aun más la construcción de un universal que de cuenta, de forma inclusiva, de la diversidad humana y que, a la vez, huya de todo esencialismo.
El carácter emancipatorio de ambas perspectivas, no debemos olvidarlo, ubica a ambos autores en el terreno de la revalorización y revitalización del proyecto ilustrado, con todas sus consecuencias.

Nancy Fraser: Bidimensionalidad y paridad participativa

La norteamericana inicia el debate con el primer capítulo del libro: La justicia social en la era de la política de la identidad: Redistribución, reconocimiento y participación. Ofrece un lúcido análisis de la complejidad y relevancia que han adquirido las “políticas de identidad” en las luchas sociales del presente; fundamenta su propuesta tomando como hilo conductor un proyecto emancipatorio acotado, menos ambicioso que los antiguos metarrelatos de museo deudores de la tradición marxista.
Antes que nada, Fraser insiste en una concepción bidimensional de la justicia, presentada en una obra anterior[2], con la que pretende abordar y superar el dilema, redistribución/reconocimiento que a su juicio opera en las demandas de justicia social contemporánea. El paradigma redistributivo, focalizado en solucionar las injusticias socioeconómicas del sistema, si bien mantiene su vigencia y ha motivado una amplia variedad de búsqueda de soluciones -los bienes primarios en Rawls, la igualdad de recursos en Dworkin, por ejemplo[3]-, ha perdido terreno frente al cada vez más potente paradigma del reconocimiento, centrado en las injusticias culturales enraizadas en patrones sociales de representación, interpretación y comunicación que no dan cuenta de la multiplicidad de grupos y sujetos sociales que habitan las sociedades de hoy. Si bien pueden existir soluciones que se aborden desde uno u otro enfoque – bastará un criterio de redistribución para bajar la carga impositiva en los sectores sociales menos favorecidos; alcanza con reconocer la unión de homosexuales como legítima para que un porcentaje de la población, desde su especificidad, se sienta con los mismos derechos que los concubinos heterosexuales-, es necesario tomar en cuenta la bidimensionalidad presente en todos los grupos identificables para que la justicia sea efectiva.
La autora recurre al género para fundamentar el carácter bidimensional de toda diferenciación social. No cabe duda que el género opera como un principio estructurador en la economía capitalista. Tanto la división entre el trabajo remunerado y el no remunerado como la brecha salarial por trabajo de igual valor que sigue dándose en el mercado laboral por razones de género, exigen la intervención del paradigma redistributivo. Pero esa es sólo un aspecto porque el género también codifica patrones culturales como el androcentrismo o el sexismo que privilegia los rasgos asociados con la masculinidad, al mismo tiempo que devalúa todo lo codificado como “femenino”; esto sin duda repercute y se ve en la propia división del trabajo que valoriza/desvaloriza de acuerdo a esos códigos. En consecuencia, las mujeres sufren formas específicas de subordinación como las agresiones sexuales y la violencia doméstica de reciente penalización en nuestros sistemas legales, o sea, de reciente reconocimiento como figura delictiva. Se trata de injusticias de reconocimiento que no pueden superarse mediante la redistribución y que requieren de mecanismos diferentes de atención para solucionarlas. Tanto la mala distribución como el reconocimiento erróneo están presentes en el género por lo que su bidimensionalidad queda demostrada. Bidimensionalidad que es primaria y cooriginal porque constituyen y estructuran al género en todas sus dimensiones; podemos discutir en cada caso, en cada situación, si un aspecto es más relevante que el otro pero no son excluyentes.
Ahora, ¿es esto una excepción? ¿No sucede acaso lo mismo con las injusticias raciales y étnicas? Los inmigrantes y las minorías étnicas sufren las más altas tasas de desempleo y pobreza, así como se ocupan mayoritariamente en empleos serviles y mal remunerados. Los patrones eurocéntricos que dan más valor a la piel blanca que a la negra, contribuyen a estigmatizar y devaluar a esta población: usando la terminología de Fraser, son dos dimensiones que se intersectan.
El abanico que va desde la clase social en su expresión más prototípica hasta la minoría sexual despreciada luchando por su reconocimiento, nos exige no perder de vista que ambas dimensiones se superponen y que sería un grave error adoptar una perspectiva unidimensional en términos de justicia social. Esta preocupación es legítima porque a nivel popular los movimientos sociales tienden a ser dicotómicos: concentrados en sus demandas específicas “ven el árbol pero no siempre todo el bosque”.
Fraser se pregunta si el reconocimiento es una cuestión de justicia o de realización personal y toma partido por la esfera de la justicia. Poco importa la autoconciencia del oprimido como tal si no se ubica ese reconocimiento erróneo en las relaciones sociales mismas y en los mecanismos institucionales que lo fomentan. Por eso, su acento está en la fuerza normativa que pretende darle a la idea de paridad participativa, aunque poco fundamentada en el cuerpo de la teoría. Como condición objetiva para garantizar la paridad en la participación, la distribución de los recursos materiales debe hacerse asegurando la voz y la independencia de todos los participantes y como condición intersubjetiva, que los patrones institucionalizados de valor cultural expresen el mismo respeto a todos los participantes y garanticen la igualdad de oportunidades para conseguir la estima social[4]. No explicita nunca cómo pueden identificarse esos sujetos carentes de voz a los que habría que incluir -si no tienen voz, ¿quién se las da? ¿no es imprescindible la autoidentificación para salir a hacer la demanda pública?- y reconoce que es problemática la desigualdad económica para hacer funcionar la paridad participativa.
Pone varios ejemplos; destaco, por su riqueza conceptual, la controversia francesa a propósito de la prohibición del uso del velo islámico en las escuelas estatales. ¿Es un tratamiento injusto hacia una minoría religiosa? Si no hay una prohibición análoga que impida llevar cruces cristianas a las escuelas, es claro que la norma niega la igualdad de categoría a los ciudadanos musulmanes. Pero, ¿qué significa el uso del velo; no es una práctica que simboliza la subordinación de la mujer en las comunidades musulmanas? Aunque su uso es discutido al interior del islamismo y es aconsejable que así sea, como estado laico, queda claro que Francia no puede prohibir su uso a menos que atente contra los derechos básicos garantizados para todos[5]. Esta prohibición demuestra intolerancia y, aun cuando al interior de las comunidades musulmanas sea obligatorio usar el velo y no se permita cuestionar su uso, un Estado no puede comportarse nunca como una comunidad.
Una teoría crítica que pretenda dar cuenta de las sociedades del siglo XXI, no puede pasar por alto la subordinación de estatus que no ha desaparecido, no por ser intrínseca u ontológica a las sociedades humanas sino por razones históricas, perpetuándose en el proceso de modernización mediante nuevas codificaciones sociales y culturales; a su vez, debe de ser muy cuidadosa de no promover un único patrón supremo de valor cultural como acusa a Honneth de hacer.
También dirige estas críticas sustantivas hacia autores conocidos dentro del multiculturalismo como Taylor o Kymlicka que, si bien no buscan ese pretendido patrón cultural regente, dan por supuesta la existencia de múltiples culturas homogéneas que coexisten internamente en una sociedad, diferenciándose sin problemas las características culturales de uno u otro grupo como si los procesos de hibridación nunca tuvieran lugar[6].
Aunque las grandes transformaciones económicas hayan pasado de moda -Fraser nos recuerda que ni los igualitaristas más radicales defienden una economía planificada y que hoy no es tan claro distinguir cuales serían las propiedades públicas claves a preservar frente a la liberalización del mercado- no es aconsejable abandonar la idea de una reestructuración económica. Una década de neoliberalismo, una globalización que tiende a engullirse al mundo acentuando las inequidades de todo tipo, una acumulación de la riqueza cada vez más concentrada en pocas manos, una legión de pobres que más que pobres son excluidos y que en los informes internacionales aparecen eufemísticamente en las estadísticas de personas que “viven” con un dólar por día, es un círculo para nada virtuoso del cual hay que hacerse cargo.
Pero la estrategia afirmativa también plantea sus inconvenientes. La crítica que le hace a los multiculturalistas es de recibo: al valorar la identidad de grupo se niega la complejidad de esas vidas y la multiplicidad de identificaciones e influencias cruzadas de sus diversas afiliaciones. Al no apreciar lo que sucede intragrupalmente también se ignoran las luchas internas por cuotas de poder y autoritarismos varios que terminan convirtiendo a la estrategia afirmativa en un reconocimiento erróneo separatista y de comunitarismo represivo. El camino de la deconstrucción que adoptan autoras como Judith Butler o Iris Marion Young tampoco aporta una alternativa para Fraser.
Su salida es adoptar una estrategia transformativa que daría más aire a este tipo de problemas favoreciendo la interacción a través de las diferencias. En una mala distribución, los enfoques transformativos promueven la solidaridad porque no se identifica a las personas como destinatarias de un favor especial sino que todos nos reconocemos integrantes de una sociedad cooperante que busca resolver sus desigualdades económicas.
Claro que el enfoque transformativo, deseable y esperable en Fraser, es difícil de lograr en el fragor de la lucha porque quien está reclamando un reconocimiento justo, un salario digno, no reivindicará con la misma fuerza las transformaciones estructurales de fondo que se ven muy lejanas desde la experiencia directa de la acción colectiva.
Me importa destacar los peligros que ve en caer en una reificación desde las luchas por el reconocimiento, notando una clara exaltación de comunitarismos poco tolerantes. Estos son tiempos de “comunicación en tiempo real” donde los fundamentalismos resurgen con fuerza. Lo mismo podemos firmar para que no se lapide a una mujer en África por internet y sentir que actuamos con justicia para impedirlo, como asistir “en vivo” a la invasión de tropas norteamericanas a un país, sin que importe mucho el grado de veracidad del show y que no nos conmueva en un sentido antropológico profundo la muerte de los otros que aparecen en pantalla, como si tan solo fueran versiones mejoradas del play station que nos entretiene desde nuestra solitaria interacción con la máquina.

Axel Honneth: Tres esferas de reconocimiento

Si bien ambos autores se proclaman herederos de la teoría crítica impulsada por la Escuela de Frankfurt en el siglo XX, Honneth siente que está en mejores condiciones de reivindicar sus postulados teóricos, tanto por vivir en Alemania como por ser el actual director del Instituto de Investigación Social que en su momento fundara Max Horkheimer. La renovación de esta tan significativa tradición teórica, a juicio de Honneth, se daría con la incorporación de la dimensión cotidiana del sufrimiento social y la injusticia moral a sus postulados y objetivos emancipatorios. “Redistribución como reconocimiento: Respuesta a Nancy Fraser”, es el segundo capítulo de este debate, donde Honneth reivindica su lugar y dirige tres críticas al modelo de bidimensionalidad ofrecido por Fraser.
La primera de ellas – considerada como la más relevante- es que la lectura del sufrimiento humano que recoge Fraser en “los nuevos movimientos sociales” solo está centrada en aquellas expresiones de descontento social que logran un reconocimiento público. Estar en la agenda, en el tapete de los medios hace que esa lucha por el reconocimiento exista, cobre vida y legitimidad, pero ¿es este todo el reconocimiento en el que debe basarse una teoría social que pretenda dar cuenta del universo social entero? Diversas experiencias cotidianas de sufrimiento moral e injusticia son vivenciadas por la gente todos los días sin que tengan un reconocimiento público. Basta pensar en los hogares monoparetales con jefatura femenina vinculados a la pobreza en todas sus variantes (decorosa o extrema), los hurgadores, los eternos desempleados que hace mucho tiempo que no logran un empleo formal y que quizás ya perdieron toda esperanza de encontrarlo, los sin techo, los niños de la calle, etc.
La segunda crítica apunta a una consideración desmedida de los conflictos sociales basados en la diferencia cultural cuya proliferación haría imposible alcanzar acuerdos normativos. Muchos de esos grupos, recuerda Honneth, tratan de afirmar su identidad excluyendo agresivamente a los demás como los nuevos fundamentalismos, la derecha religiosa, los cabeza rapada alemanes o algunos movimientos islámicos también presentes en Europa. Fraser, para eliminarlos de su lista, tiene que afirmar que sólo importan los que no atentan los derechos básicos aunque no podría precisar cuál es el límite.
Además de no tener en cuenta las múltiples luchas sociales que se libran a la sombra de la esfera pública y completamente desamparados de ella, la acusa de postular al feminismo, los movimientos antirracistas y las minorías sexuales como los protagonistas principales del conflicto social, en un escenario mundial mucho más diverso que el norteamericano o primermundista.
Un tercer aspecto, tiene que ver con una interpretación histórica equivocada de las demandas que los clásicos movimientos sociales realizaron en los últimos dos siglos. No sólo buscaban la igualdad jurídica sino que también buscaban el reconocimiento porque los sujetos siempre esperan ser reconocidos en sus reivindicaciones de identidad.
No le parece adecuado describir que, en un primer momento la lucha estaba motivada por el interés –una interpretación que desde el marxismo supuso adjudicarle a la clase obrera un teleologismo utilitarista- y luego el giro se produce hacia las demandas de identidad. El descontento moral ya estaba presente en los trabajadores del siglo XIX, las mujeres recién emancipadas o la población negra estadounidense pos abolicionismo, por ejemplo. Su registro demuestra también que el descontento moral puede desencadenar o no en conflictos sociales.
El modelo de reconocimiento propuesto por Honneth tiene tres esferas o patrones intersubjetivos de desarrollo: amor, derecho y solidaridad[7]. La vinculación con la propuesta hegeliana de reconocimiento en los Fundamentos de la Filosofía del Derecho (familia, sociedad civil, Estado) es inmediatamente reconocible pero el autor se cuidará muy bien de actualizar y descartar algunas cosas que no sirven para explicar el orden capitalista de hoy. No se trata de una mera readaptación aunque las huellas de la presencia hegeliana se dejan sentir en el modelo en todo momento.
En la diferenciación institucional de las esferas de reconocimiento surgen mayores posibilidades de desarrollar la individualidad y la autonomía personal que se fortalece, de acuerdo a estas tres esferas, proporcionando autoconfianza, autorrespeto y autoestima. Pero no es menos cierto que para que esa singularidad emerja positivamente necesita del reconocimiento recíproco de los otros.
Lo que motiva a la lucha social es la convicción moral de que los principios de reconocimiento que se consideran legítimos y consensuados en una sociedad en la cual cada uno de los sujetos o grupos se sienten parte, no se están aplicando correctamente o es necesario cambiarlos para vivir plenamente esa inclusión, esa pertenencia. Por eso la oposición entre conflictos económicos o conflictos culturales no tiene sentido para Honneth y aquí el desacuerdo es total.
Tanto las “viejas” luchas por la redistribución como las “nuevas” luchas por la identidad, están ancladas en el registro de un profundo sentimiento de injusticia que experimenta el o los individuos. Motivado moralmente, demanda, actúa, llega al escenario de la lucha social cuando tiene la convicción de que hacerlo vale la pena.
La tesis fuerte de Honneth es que “la gramática moral de los conflictos que se están desarrollando ahora en torno a las cuestiones de la política de identidad en los estados democráticos liberales está determinada esencialmente por el principio de reconocimiento de la igualdad jurídica”[8]. No necesitamos ninguna otra herramienta conceptual.
El desarrollo social queda ligado al progreso moral, ya que una demanda que se satisface provoca un incremento en términos de la calidad de la integración social que se alcanza y también amplía los horizontes de validez para esa sociedad. Se postula una fuerte orientación normativa: tanto la ética política como la moral social se desarrollan –progresan- a través de las tres formas de reconocimiento, con las expectativas legítimas que trae cada sujeto/miembro a ser cumplida.
El paradigma intersubjetivo y la asunción del otro generalizado, es el terreno constante en el que se maneja Honneth. Por eso reprocha tanto a Fraser, proveniente de una tradición tan diferente a la raigambre hegeliana de la ética discursiva, que parta de la autonomía individual para pasar de inmediato a la participación social sin mediaciones.
La justicia es realizable a partir del análisis de las condiciones históricas de la formación de la identidad personal en que se asienta el modelo de las tres formas de reconocimiento que hacen posible una identidad intacta. Si esto no puede ser garantizado plenamente en cada una de las esferas, (la falta de amor y cuidados, la falta de justicia y respeto, la falta de estima) se forman personalidades menospreciadas, que experimentan fuertes sentimientos de dolor, humillación, deshonra, formas de resentimiento personal que ya encontramos estudiadas en la obra de Hegel cuando investiga las motivaciones para delinquir y que Honneth también analiza en base a estudios más contemporáneos[9].
¿En qué sentido sería posible un progreso, una evolución moral, social y política para Honneth? ¿cuál sería la dirección que tomarían las luchas del reconocimiento en el capitalismo del siglo XXI? Básicamente, en dos terrenos, por un lado, en un mayor proceso de individualización y por otro, en una mayor inclusión. Dicho en sus propias palabras: “o bien se abren al reconocimiento mutuo nuevas partes de la personalidad, de manera que aumente el grado de individualidad socialmente confirmada; o se incluyen más personas en las relaciones de reconocimiento existentes, de manera que aumente el círculo de sujetos que se reconozcan”.[10]
Honneth interpreta que esto ya está sucediendo, dado que todos los planteos y acciones que se realizan para eliminar los estereotipos de género, los roles jugados por los integrantes de las familias de acuerdo a patrones culturales que demandas ser cambiados, suceden en la esfera del amor. El cuestionamiento a la familia tradicional, al matrimonio burgués, la apertura a nuevos modelos que, entre otras cosas, den una mayor autodeterminación a las mujeres y un protagonismo masculino en la esfera doméstica que no sea definido en términos de dominación, sólo podrán garantizarse con instrumentos legales. De todas formas, en la expansión de los derechos individuales no puede perderse de vista que los sujetos necesitan también que se contemplen sus necesidades específicas y sus capacidades particulares.

Un debate abierto

Las luchas por el reconocimiento en el terreno político siempre van a desembocar en lo legal, en una intervención decidida de los poderes públicos para dar respuestas a esas demandas. Ninguna reivindicación llega a un parlamento y se procesa en él, hasta desembocar en nuevas leyes o modificaciones de las actuales, si no hay una sociedad civil comprometida en ese proceso y en esto Fraser no se equivoca.
Ahora, la fuerza progresiva de esas demandas que logran ser procesadas y canalizadas en el reconocimiento jurídico, no evitan que sigan existiendo dimensiones de sufrimiento personal, un nivel de autocomprensión al que no llega el imperio de la ley. Aquí la mirada prepolítica se vuelve indispensable, ese primer estadio de reconocimiento que Honneth propone y que hace a la cotidianeidad desde la cual los sujetos viven situaciones injustas sin tener las herramientas adecuadas para luchar por su erradicación.
Las democracias liberales necesitan trabajar mucho para construir ciudadanías que se identifiquen con la respublica a la que pertenecen superando tanto la visión clásica del liberalismo como la del republicanismo. Y este problema de identidad, mal que le pese a Fraser, necesita de un trasfondo ético-político, un reconocimiento común.
No caer en esencialismos es un terreno resbaladizo para los movimientos sociales y ambos autores lo ven aunque Honneth cree mucho menos en esa proclamada culturalización de la lucha social. Pero si es cierto que el individuo tiene zonas oscuras que escapan incluso a su autocomprensión, la línea que recorre la psiquis develada frente a los múltiples espejos del reconocimiento recíproco, debería conducir hacia ciudadanos informados, comprometidos y libres que fortalezcan la democracia, menos progresiva de lo que sueña Honneth pero entendida como un proceso abierto, en permanente revisión y construcción.
El debate invita a pensar, más allá de sus autores y sus propuestas teóricas, cómo procesaríamos el falso dilema redistribución/reconocimiento al calor de las luchas sociales de esta región del planeta, con desigualdades más pronunciadas –fundamentalmente, porque la redistribución ha brillado por su ausencia como política pública en las décadas posteriores a la recuperación democrática- y donde “las políticas de identidad” no han merecido una discusión pública tan relevante como en la realidad de la filosofía política europea y norteamericana.


[2] Nancy Fraser, Iustitia Interrupta, Reflexiones críticas desde la posición “postsocialista”, Colombia, Siglo del Hombre Editores, 1997. En particular, el primer capítulo de ese libro.
[3] Me remito, simplemente, a las propuestas que han surgido desde el liberalismo igualitarista, como respuesta a la ofensiva neoliberal ampliamente triunfante en el mundo de los ´90 y de ese escenario “postsocialista” que permanentemente alude Fraser donde se ha dejado al reino de las utopías bastante huérfano de sus antiguos padres marxistas.
[4] Fraser, Honneth, op.cit., p.42.
[5] Como es el caso de la práctica de la mutilación genital que claramente niega la paridad del placer sexual y de salud a las mujeres afectadas.
[6] Los canadienses Charles Taylor y Will Kymlicka han argumentado a favor de políticas de identidad en defensa de las minorías de su país como el Canadá francés y las comunidades indígenas. Puede verse en: Taylor, Charles, Argumentos Filosóficos, Barcelona, Paidós, 1997; Kymlicka, Will, Ciudadanía multicultural. Una teoría liberal de los derechos de las minorías, Paidós, Barcelona, 1996.
[7] Honneth presenta en extenso su modelo en: Honneth, Axel, La lucha por el reconocimiento: por una gramática moral de los conflictos sociales, Barcelona, Crítica, 1997. En especial, el capítulo 5.
[8] Fraser, Honneth, op.cit., p.133.
[9] Honneth, Axel., op. cit. Capítulo 6: Identidad personal y menosprecio: violación, desposesión y deshonra, pp.160-169.
[10] Fraser, Honneth, op.cit., p.145.
Publicado en Revista Encuentros Latinoamericanos, Sección Estudios de Género del Centro de Estudios Interdisciplinarios Latinoamericanos (CEIL), FHCE, año 2, nro.2, marzo 2008.

VIRTUDES Y VICIOS EN LA ARGUMENTACIÓN POLÍTICA

Gustavo Pereira

En una de sus muchas dimensiones, la política supone que los actores sean capaces de presentar sus ideas públicamente y defenderlas con razones que todos podrían llegar a aceptar. A partir de esto la discusión pública puede fortalecerse o debilitarse a partir de cómo se presenten esas razones, pudiéndose incluso en algunos casos llegar a hablarse de virtudes y vicios cívicos. Dos ejemplos de destacados políticos de izquierda ilustran los vicios de este ejercicio y también la “vitalidad” de la democracia uruguaya.
El primer caso es el del senador Mujica, quien en plena discusión de la Rendición de Cuentas cuestionó la asignación presupuestal que se le estaba haciendo a la Educación porque de esa forma se hipotecaba la posibilidad de mejorar la situación de la policía. Esto podría haber sido solamente una manifestación de ajuste en la política de asignación de recursos y nada más, si el senador Mujica no hubiese respondido, a los dos minutos de hacer esta afirmación, sobre la necesidad de invertir en innovación y cómo a través de ésta se encontraba el futuro del desarrollo del país. Parece ser que para Mujica no era posible proyectar las consecuencias de su primera afirmación, es decir, si no hay suficiente inversión en el presupuesto universitario no queda muy claro de dónde saldrá esa innovación a la que apela, siendo la Universidad de la República la institución por lejos más importante del país que promueve esto.
Un segundo caso es el del senador Fernández Huidobro, quien hace unos días afirmó que ante la actual situación de criminalidad “no hay más remedio que armarse”; a las pocas horas de hacer tal afirmación sostuvo escandalizado en un canal de televisión que en los incidentes en la cancha de Danubio había habido heridos de bala. Al igual que en el caso de Mujica, parece que Fernández Huidobro no es capaz de proyectar su primera afirmación y contrastarla con la segunda, porque si todos estuviésemos armados como él sugiere, los heridos de bala que menciona serían muchísimos y habría sin duda varias muertes.
Si bien me preocupan, la posición de Mujica con respecto a la Universidad y la investigación e innovación, y la posición de Fernández Huidobro sobre el derecho de los ciudadanos a armarse no son el centro de lo que quiero tocar. Lo que sí me alarma es algo aparentemente más trivial, y es la forma en que se razona públicamente. Hemos visto que ni bien se proyectan las consecuencias de la primera afirmación, la misma resulta insostenible o difícilmente defendible. Creo que esta paupérrima forma de ofrecer razones para respaldar posiciones es una de las peores consecuencias que tiene el creciente y constante debilitamiento del debate público; parece ser que a nadie le importa mucho el ser claro, coherente o consistente. Por el contrario, lo que tenemos es un fárrago de falacias, de analogías arbitrarias, de advertencias infundadas que no hacen más que convertir lo que en algún momento pudo haber sido una discusión y una deliberación pública virtuosa en una charla de boliche. Es más, algunas claras virtudes de la argumentación, como el reconocimiento de la propia falibilidad, difícilmente logran estabilizarse en un justo medio y terminan bastardeándose por defecto o por exceso. La tan mentada y autoelogiada “marcha atrás” es una virtud siempre que, como nos enseñaba Aristóteles, la ejerzamos en su justo medio. Pero, para seguir con la metáfora, si nuestro vehículo una vez que avanza pone marcha atrás, cualquiera que nos vea conducir pensará que somos unos torpes automovilistas.
Los ciudadanos estamos en nuestro derecho de exigir que nuestros gobernantes discutan y debatan de otra forma. Podemos exigirlo porque lo que hacen usualmente es un insulto a nuestra inteligencia y hasta a nuestra sensibilidad. Este año, el día del patrimonio estuvo dedicado a Vaz Ferreira, quien tuvo como principal preocupación que la ciudadanía fuese capaz de argumentar correctamente porque en esto identificaba una condición esencial para la democracia. No estaría nada mal que le hiciéramos el mejor homenaje posible exigiendo que nuestros gobernantes, legisladores y futuros candidatos cumplan al menos mínimamente con estos requisitos.

Publicado en La República (página editorial) sábado 6 de diciembre 2008.

08 diciembre 2008

VISITA DE GIANNI VATTIMO AL URUGUAY

Fernanda Diab
Sin duda la filosofía debería tener más exponentes con las cualidades para la oratoria que tiene el filósofo italiano Gianni Vattimo, quien regresó a nuestro país después de nueve años, invitado por la Facultad de Ciencias de la Comunicación. Como en aquella ocasión, convocó a un auditorio que colmó el Paraninfo de la Universidad de la República, lo escuchó atentamente y disfrutó de sus comentarios extrafilosóficos. Combina la filosofía con la política (formó parte del Parlamento europeo hasta el 2004), es de izquierda y se define como un católico desconforme y antipapal; rasgos que contribuyen a ganarse esa simpatía del público.

Su pensamiento es parte de la llamada filosofía posmodernista y es el creador de la tradición filosófica denominada pensiero debole (pensamiento débil). La década de los ochenta, en la que la mayoría de los teóricos ubican el fin de la modernidad, fue en la que produjo los títulos más importantes de esta temática. Se destacan: “El pensamiento débil” (1983), “El fin de la modernidad” (1985), “La sociedad transparente” (1989) y “Ética de la interpretación” (1989). Toda su obra está influida fuertemente por la filosofía de Friedrich Nietzsche y Martin Heidegger.

La filosofía posmodernista surgió como una expresión de una época de crisis y cuestionamiento de los rasgos más típicamente modernos: la idea de progreso, el cientificismo, los proyectos colectivos, la concepción unitaria de la historia, la confianza en la razón. Vattimo se destacó por identificar el fin de estos rasgos modernos (algunos filósofos como Jürgen Habermas creen que es una acentuación de los mismos), con un proceso de emancipación de la humanidad, posición que aún mantiene. La liberación fundamental es con respecto a la “verdad fuerte”, los discursos unificadores o lo que Jean Francois Lyotard denominó “grandes relatos”. Estos discursos que pretenden ser una descripción acabada de la realidad, son de origen europeo y por ello su función se asocia al papel dominador de los países colonizadores. Es así que una de las hipótesis que presenta en La sociedad transparente con respecto al surgimiento de la posmodernidad no tiene que ver con un origen teórico sino con un acontecimiento histórico: los últimos procesos de descolonización del siglo XX. Las culturas emergentes revelan que el ideal europeo de hombre es un ideal entre otros. Así la multiplicación de concepciones del mundo se convierte en uno de los rasgos típicos de esta época posmoderna.

El “pensamiento débil” surge de la aceptación de la pluralidad de interpretaciones de la realidad. Ya no se puede hablar de La Verdad, lo único que tenemos son diversas interpretaciones histórica y culturalmente condicionadas. Son “verdades débiles”, lo cual, desde esta concepción, no es un atributo negativo sino positivo. En este tema se centró la conferencia de Vattimo que se tituló: “Del pensamiento débil al pensamiento de los débiles”. Esta corriente filosófica se levanta contra toda visión hegemónica del mundo y rescata el nihilismo nietzscheano no como el advenimiento de un sin sentido absoluto sino como la actitud de no creer que nuestras creencias son únicas o las mejores. Sostuvo Vattimo que el pensamiento débil, junto con Nietzsche y Heidegger, ve al nihilismo como un progreso, no como pérdida. Afirmó: Veo a la tradición occidental como tradición del ocaso progresivo de la verdad. Se trata del debilitamiento del objetivismo (la verdad se encuentra en los objetos), lo cual libera al hombre de la imposición de verdades. No hay valores absolutos, la única posibilidad es ponernos de acuerdo con el que tenemos al lado. Sólo con respecto a este último punto -relacionado con el diálogo y una posición crítica frente a la tendencia actual de defensa de la deliberación como elemento legitimador de la democracia- encontramos cierta novedad en el discurso del filósofo.

El diálogo con el otro también supone interpretación y desde la asunción del pensamiento débil hay que aplicar el “principio de caridad” (que vagamente comparó con el principio de Donald Davidson y Willard Quine) para escuchar al otro y hacer posible el entendimiento. Esta actitud caritativa que debemos tener frente a otros se basa en el reconocimiento de que la verdad no es algo dado que se nos enfrenta, sino que la verdad se acuerda, se decide frente a otros. Cuando me pongo de acuerdo, eso es la verdad y no cuando llego a la verdad me pongo de acuerdo. El carácter intersubjetivo de la verdad, es una noción que ya está ampliamente arraigado en la filosofía contemporánea, por lo que no encontramos aquí aporte alguno. A la vez quienes defienden desde el ámbito de la filosofía política la deliberación como criterio normativo para la evaluación de las instituciones democráticas, no son ciegos frente a las asimetrías en las que los dialogantes se encuentran, aunque no siempre los mecanismos que proponen para disminuirlas o eliminarlas son los adecuados. La relación que Vattimo hace entre pensamiento débil y democracia se centra en la idea de que la democracia necesita menos decisiones unilaterales y más diálogo, aunque cuestiona justamente las condiciones en que esto se produce. Define a la democracia moderna como una manera de aplicar el principio de amor al prójimo cristiano. Es una secularización de este principio. Para Vattimo parece ser este principio –muy curiosamente- el único de carácter universal en el que fundamentar la democracia y la moral. Afirmó: La única moral es el principio de caridad más las reglas de tránsito. Parece olvidar Vattimo los cuestionamientos a los que ha sido sometido este principio, comenzando por su iluminador Friedrich Nietzsche que postulaba el “amor al lejano”, hasta Sigmund Freud cuando fundamenta su imposibilidad en “El Malestar en la cultura”. Por otra parte debería explicar a quién se considera el prójimo, ya que con su “ética débil”, no parece ser posible fundamentarlo, y a juzgar por el estado de situación de la humanidad, no parece ser ésta una noción muy evidente.
Finalmente afirmó que los débiles son la única audiencia posible para el pensamiento débil, al cual considera un pensamiento revolucionario. Si, como sostenía Martin Heidegger, “ser” es estar abierto al futuro, y la esperanza en el futuro es propio de los débiles, entonces esta filosofía tiene un compromiso de clase.

05 noviembre 2008

ENTREVISTA A CARLOS PEREDA

ENTREVISTA
El camino de Vaz Ferreira

Con el filósofo uruguayo Carlos Pereda

Fernanda Diab


Le parece pretencioso definirse como continuador de Vaz Ferreira, pero lo cierto es que Carlos Pereda comparte varios de los intereses del pensador uruguayo a quien se está homenajeando por estos días. Residente en México desde hace tres décadas, Pereda ha vuelto a nuestro país para participar del seminario organizado por la Facultad de Humanidades (Udelar) y el Ministerio de Educación y Cultura con motivo de los cincuenta años de la muerte de Vaz Ferreira. Es autor de varios libros: Debates (1987), Conversar es humano (1991), Razón e incertidumbre (1994), Sueños de Vagabundos. Un ensayo sobre filosofía, moral y literatura (1998), Crítica de la razón arrogante (1998) y Los aprendizajes sobre el exilio; y de una gran cantidad de artículos . Además del tema convocante, conversamos con él sobre el valor de la argumentación en un sistema democrático, sobre su concepto de razón arrogante y sobre el papel de los filósofos de nuestro continente en el debate público.


-¿Cuál es la vigencia del pensamiento de Vaz Ferreira?
-Yo reformularía la pregunta así: ¿cómo podemos hacer vigente al pensamiento de Vaz Ferreira?. Ya Unamuno le dijo una vez a Vaz Ferreira “usted es un pensador que podría ser importante en cualquier parte; lo que le falta (hablando de Montevideo y los años 30) es el pedestal”. Pienso que hoy, a cincuenta años de su muerte, pasa lo mismo. Fuera del Uruguay es un desconocido. Pero extrañamente cada vez que alguien lo lee lo encuentra interesantísimo. Lo que sucede es que es muy difícil acceder a los libros de Vaz Ferreira. Porque la última edición del que es tal vez su libro más famoso, Lógica viva, es de los años 70 y es casi inencontrable. Para leerlo hay que ir a librerías de viejo en la ciudad de Montevideo; fuera de ahí, es muy complicado. Hablar de la vigencia de un pensamiento que no se encuentra en ninguna parte es muy difícil. Por otro lado creo que estos son buenos tiempos para leer a Vaz Ferreira, porque es un pensador de los matices. Aunque nunca hubiera sido un posmoderno, esto que los pensadores posmodernos han subrayado acerca de un cierto hartazgo de las ideologías fuertes, de las doctrinas demasiado abarcadoras, hace un lugar y un momento muy propicio para leer ese pensamiento lleno de “quizás”, “puede ser”, que nunca intenta decir algo sin ninguna restricción, sino que siempre que hace una afirmación al mismo tiempo introduce posibles objeciones.

-Aunque por esa misma razón a veces se lo acusaba de escéptico. ¿Cómo no pensar el escepticismo como única alternativa al dogmatismo?
-Podríamos decir que en las prácticas de pensar, escepticismo y dogmatismo son los dos polos de un largo continuo. Justamente, el pensamiento de Vaz Ferreira tiende a advertirnos de que no debemos pensar por el esquema todo o nada. Y dogmatismo / escepticismo es una alternativa que se produce a partir del esquema todo o nada. Pero si los ponemos como dos polos de un largo continuo, entonces Vaz Ferreira, como muchos pensadores, se encuentra a la mitad o en algún lugar de ese amplio continuo. Un pensador infinitamente más famoso y quizá, más importante, Wittgenstein (el segundo Wittgenstein, el de las Investigaciones filosóficas) también puede ser considerado como al borde del escepticismo. Siempre es difícil darse cuenta qué es lo que afirma rotundamente, pero a veces eso es tan importante como las afirmaciones rotundas: enseñarnos que frente a la mayoría de las afirmaciones para que sean verdaderas tenemos que producirles restricciones, tenemos que hacerles matices, que introducirles palabras como “quizás”.

-En ese sentido, ¿podría haber una vigencia de Vaz Ferreira en relación con las teorías actuales sobre la democracia? ¿Cuál sería la relación entre argumentación, democracia, y esa búsqueda de matices?
-Creo que en Vaz Ferreira hay siempre una subordinación valorativa de las teorías, las doctrinas, los pensamientos, a la práctica de argumentar que los produce. Es decir, para Vaz Ferreira es más importante enseñarnos a argumentar o a pensar que enseñarnos determinados pensamientos. Esa subordinación puede tener dos dimensiones básicas. Por un lado, en teoría del conocimiento: es la analogía con el proverbio que dice que si uno regala un pez da comida para un día mientras que si uno enseña a pescar da comida para toda la vida. Es lo mismo con el pensamiento: si uno da una doctrina o determinados pensamientos, da alimento para un día, en cambio enseñar a argumentar, a pensar, da alimento para siempre. Pero hay también una lección más profunda, moral y política, porque de alguna manera las prácticas de argumentar son las que convierten a estos animalitos humanos que somos en personas. Es dando un paso atrás en nuestros deseos, creencias, emociones, y viendo si están justificadas o no, que nos convertimos en personas. Así, las prácticas de argumentar tienen valor en sí mismas. Esto en relación con el valor moral de la argumentación; pero también tiene un valor político, porque las argumentaciones pueden ser instrumentales, pero también pueden ser co-constitutivas de un régimen. Y la democracia es por excelencia aquel régimen que se constituye con las prácticas de argumentar, donde las prácticas de dar y de darse razones no son simplemente maneras de justificar decisiones ya tomadas, sino maneras de respaldar cuáles decisiones hay que tomar. En ese sentido hay una lección política en Vaz Ferreira, pero además la hay en otro sentido. Hay un apéndice a Moral para intelectuales donde se habla de dos modos de creer y ser partidario. Él dice que hay un modo de ser partidario de algo y que eso es la panacea universal, y no puede uno hacerle la más mínima crítica; y hay otro modo que incluye las posibles críticas, donde uno puede ser partidario muy fervoroso de algo y reconocer que no va a solucionar todos los problemas. Uno de los ejemplos que da es la racionalidad, y otro es la democracia. Para él, la democracia es mejor que aquellos regímenes que sustituye, pero no soluciona todos los problemas. Es una especie de error pensar en contra de Vaz Ferreira en este sentido, puesto que cuando se piensa que la democracia o la racionalidad es la clave para solucionar todos los problemas, tiende uno muy pronto a decepcionarse. Es obvio que la democracia no soluciona la pobreza ni hace que se escriban mejores cuartetos para piano ni mejores sonetos ni que se hagan mejores carreteras. Ayuda en una serie de cosas, y por eso tiene valor en sí misma, pero sobre otras cosas, tenemos que consultar a otro tipo de expertos.


-Usted emplea el concepto de razón arrogante. ¿Cómo se define?
-El mecanismo que pone en marcha lo que llamamos cotidianamente el vicio de la arrogancia, ocurre cuando no sólo uno se siente muy orgulloso o valora excesivamente los propios atributos, sino cuando uno se autoafirma despreciando a los demás, a lo que no está en continuidad con uno. No sólo hay una autoafirmación excesiva, sino que esa autoafirmación descansa en degradar a los demás. Si eso es el vicio de la arrogancia, podemos llamar razón arrogante a aquella razón que se envicia de tal manera que para autoafirmarse desprecia todo lo que no son sus contenidos.

-¿Cómo se relaciona ese concepto con otras investigaciones que usted ha hecho en el campo de la argumentación?
-Quizá argumentar sea justamente el antídoto más claro y definido en contra de la razón arrogante. Cuando uno argumenta, de alguna manera sale a la intemperie para que los otros lo puedan refutar; es estar dispuesto a que el otro te diga que no tienes razón. Por eso es un ámbito resbaladizo y peligroso. En la investigación científica a menudo se producen objeciones cooperadoras (para que la investigación siga en marcha), pero en el ámbito político las objeciones no suelen ser cooperadoras, sino radicalmente no cooperadoras; uno se tiene que defender de tal forma que uno escuche la objeción, pero de una manera que pocas veces lleva a que uno se de cuenta de que estaba en un error. En ese sentido, argumentación y razón arrogante pueden considerarse como dos opuestos.

-Ahora, ¿se trata de valorar la argumentación sin más o la argumentación en ciertas condiciones? ¿La argumentación no puede reproducir situaciones de ejercicio del poder o de dominación?
-Por supuesto. Sería magnífico que los constructos de Habermas sirvieran. El problema es que creo que son inútiles para distinguir en la práctica entre una argumentación que realmente nos lleva a algún lugar o una argumentación que es una mera racionalización de deseos, decisiones, pasiones, tomadas de antemano. Entre otros muchos, Freud nos enseñó que dar razones no pocas veces no es más que una manera de racionalizar deseos, emociones, creencias que a veces no queremos confesar a los otros o a nosotros mismos. ¿Cómo distinguir una argumentación genuina de una argumentación racionalizadora? La propuesta de Habermas tratando de dar ciertas condiciones ideales fue una manera de hacerlo, y se han dado otras, pero creo que todas esas construcciones nos pueden dar señales de alerta cuando vamos por el mal camino, cuando en algún lugar podemos enredarnos y resbalar a un puro vértigo argumental. Pero no son más que puras señales de alerta, no hay ningún método capaz de distinguir una argumentación genuina ni una argumentación meramente racionalizadora. ¿Qué podemos hacer si no hay método? Aquí es vigente de nuevo Vaz Ferreira: tenemos que ejercitarnos. Así como no hay un método para mantenerse en salud sino hacer ejercicio de vez en cuando, tener una buena alimentación, etcétera, de la misma manera se podría hablar de la argumentación saludable. Hay que ejercitarse, tener los ojos abiertos, ir adquiriendo ciertas astucias cuando la gente resbala en falacias, estar prevenido ante ciertos trucos retóricos, pero nada más. Hay un conjunto de ejercicios, pero no hay método; tampoco lo hay en la ciencia. Los constructos de Habermas o Hillary Putnam puden servirnos para estar advertidos por donde las cosas pueden ir mal, pero nada más.

-¿La razón arrogante es un problema interno de la filosofía o se da en otros ámbitos?
- Podría aplicarse a las relaciones entre distintas corrientes filosóficas, pero también hay una razón arrogante en la economía, y también en la vida cotidiana. Todos tendemos a autoafirmarnos despreciando a los demás. Pienso que es un fenómeno ubicuo. Descartes decía al comienzo de los tiempos modernos que el buen sentido era la cosa mejor repartida del mundo; tal vez hoy nos hayamos vuelto un poquito menos optimistas y digamos que la razón arrogante es la cosa mejor repartida del mundo. Y a nivel internacional, quizás sea un nuevo nombre para la palabra imperialismo.

- En el modo de hacer filosofía propuesto por Vaz lo vivencial tiene un peso fundamental. ¿Qué relación tiene esto con su obra recientemente premiada?
- En tres o cuatro ocasiones me habían invitado a hablar sobre literatura y filosofía tomando como foco literatura política y trabajé sobre poemas del exilio. Lo que percibí era que se podía vivir al exilio de manera muy distinta: como pérdida (el mundo entero se acaba porque la patria queda atrás), como resistencia (se toma distancia de lo que ha vivido y ello no impide que uno resista a ciertas formas de dominación) y como umbral o puerta hacia nuevas experiencias. Retomando esas charlas unos amigos me pidieron que escribiera algo sobre eso; lo hice porque estaba un poco enfermo y no quería trabajar con algo de filosofía que implicara consultar libros y discutir, sino escribirlo más en manera de ensayo. Trabajé con poemas del exilo de la República Española en muchos países de América Latina, y con el exilio de mucha gente del Cono Sur durante las dictaduras de los 60 y 70 en otros países de América Latina, como México. Traté de ver que en esos poemas, que tomo como “metatestimonios”, ya que no son historias de vida ni encuestas o entrevistas, sino testimonios muy armados. A esas tres maneras de vivir el exilo se agrega otra: no sólo el exilio produce ciertos tipos de vivencias, sino que se me ocurrió que podría usarse al exilio como método. Porque estar exiliado a mucha gente le resulta como una especie de suspender los valores recibidos. El último capítulo habla de que uno podría leer uno de los libros de moral más influyentes de Occidente, la Fundamentación de la metafísica de Kant, con una clave que le es absolutamente ajena, como si hubiera sido escrito por un exilado pensando sobre su condición.

-¿Con cuál tipo de exilio identifica al suyo?
-La vida nos lleva a tener todas las experiencias: pérdida, resistencia, umbral. Y todas son ambiguas, ya que encerrarse demasiado en la pérdida es como creer que la vida se ha terminado, encerrarse demasiado en la resistencia es no saber que a veces también es necesario hacer borrón y cuenta nueva, pero también la experiencia del umbral puede hacernos eliminar la historia, la memoria. Otra vez volvemos a Vaz Ferreira: quizá por las condiciones de la época que estaba viviendo, produjo una obra escrita en el umbral y por eso Juan Fló dijo en el seminario que Vaz Ferreira no sólo detestaba a la historia como disciplina, sino que su pensamiento es inmune a la historia. La experiencia del umbral también puede tener eso.

-¿Qué está investigando ahora?
-Estoy trabajando sobre algo que parecería cosa de locos en un continente como América Latina: la confianza. En general, parecería que todo, desde lo cotidiano a la política, fuera una invitación a desconfiar, pero estoy investigando sobre la relación entre confianza y desconfianza.

-¿Cómo ve la situación de la filosofía latinoamericana en relación a la producción de Norteamérica y Europa?
-Yo diría que está muy mal. Cuando uno va a un congreso de filosofía en América Latina uno ve una producción totalmente epigonal. La gente trabaja temas y no problemas; en ese sentido le comentaba a unos amigos que es muy extraño, porque el gesto desde el cual está escrito la obra de Vaz Ferreira es raro en América Latina, y es “yo estoy en el centro del mundo”, “yo digo esto y discuto de vez en cuando con William James, con Bergson”, pero con él nunca se tiene la sensación de que Montevideo es un lugar menos propicio para el pensamiento que París o Boston. Ese gesto lo hemos perdido y en realidad cualquiera de nosotros piensa que piensa desde la periferia, no desde el centro. Quizá una de las lecciones más interesantes de leer a Vaz sea pensar que en cualquier parte uno está en el centro y que depende de qué es lo que uno piense.

-Pensando en el lugar que tenía Vaz Ferreira en los debates públicos, ¿qué ha pasado con el lugar del filósofo en Latinoamérica?
-No es necesario hacer muchas investigaciones sociológicas para afirmar que claramente se ha perdido. Creo que otras figuras tuvieron un papel en otros países latinoamericanos análogos al de Vaz Ferreira, como Vasconcellos en México, que es más un escritor que un filósofo. Creo que la influencia en la opinión pública la han tenido más algunos escritores que los filósofos. Es innegable la influencia de Octavio Paz o Vargas Llosa...

-¿Es responsabilidad del filósofo?
-Por supuesto. Sin duda hay algunos problemas que no se pueden formular fuera de una tradición, de ciertos conceptos, con ciertas técnicas muy difíciles de entender por los no especializados. Pero cuando uno lee esos libros sobre filosofía política o teoría de la democracia.... está muy bien que tomen la disputa con Rawls o Habermas, pero de pronto uno tiene la sensación de que quien escribe eso no tiene un problema real que se vincule al lugar donde está viviendo. Es obvio que Rawls hace una construcción muy complicada, pero que tiene que ver con la sociedad donde vive. La idea de que hay muchas concepciones del bien es de una sociedad profundamente multicultural, como la norteamericana actual, y por lo tanto una teoría de la democracia tiene que situarse por encima o por debajo o más allá de esas concepciones del bien y ser un poco neutral a esas concepciones del bien. Y pienso que alguien que trabaje sobre teorías de la democracia en estos países no puede evitar plantear el problema de la desigualdad o la pobreza, entre otros problemas.


Recuadro:
Presentación
Los aprendizajes sobre el exilio será presentado hoy a las 19.00 en la Embajada de México (25 de Mayo 512) por Roger Mirza, Andrea Díaz y Yamandú acosta. El libro le valió a Pereda el V Premio Internacinal de Ensayo convocado por la Universidad Nacional Autónoma de México, el Colegio de Sinaola y la editorial Siglo XXI.
Publicado en La Diaria

COMENTARIO LIBRO GUSTAVO PEREIRA

Pereira Gustavo, ¿Condenados a la desigualdad extrema? Un programa de justicia distributiva para conjurar un destino de Morlocks y Eloi.

Fernanda Diab

La propuesta teórica de Rawls prevé la distribución de bienes para compensar a los que se encuentran en una situación desaventajada. Pero no es sensible a algunos factores que de no tomarse en cuenta pueden provocar que la distribución igualitaria de bienes reproduzca o genere aún mayor desigualdad. No todos los sujetos tienen las mismas capacidades, para aprovechar los bienes, para el desarrollo pleno de su proyecto de vida. Ni todos son igualmente autónomos a la hora de elegir este último. Estas y otras limitaciones de la teoría de justicia distributiva de Rawls, son planteadas en este libro, en el cual el Dr. en filosofía Pereira* desarrolla su propia propuesta de justicia distributiva. La alternativa que se propone introduce la importancia del comportamiento personal para la construcción de una sociedad justa, aspecto que las propuestas liberales desestiman en nombre de la libertad individual. Sensibilidad frente al fenómeno de las preferencias adaptativas y de cosificación (como el consumismo) también son rasgos relevantes de esta propuesta. Bajo estas circunstancias los sujetos no son plenamente autónomos y por lo tanto sus decisiones no pueden asumirse como absolutamente responsables. Una distribución equitativa de bienes sólo garantiza igualdad si previamente se realiza una igualación en capacidades mínimas necesarias para una plena autonomía. Las teorías de Dworkin, Sen y Habermas contribuyen al marco teórico de esta obra. ¿Qué distribuir?, ¿cómo distribuirlo?, y ¿a quiénes?, son preguntas claves. Este libro – el tercero del autor - aporta un análisis profundo de las teorías de justicia distributiva más influyentes en la actualidad; como elementos para desentrañar aspectos cruciales del fenómeno de la pobreza, necesarios a la hora de elaborar políticas públicas para su erradicación o cotidianamente, al establecer juicios de valor.


Publicado en La Diaria